El discurso que Bill Gates nunca leyó
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Discurso
Gracias. Es para mí un placer estar aquí esta noche con ustedes.
Melinda y yo deseamos agradecer tanto a su Alteza Real el Príncipe de Asturias como a la Fundación Príncipe de Asturias el reconocimiento otorgado a la labor de nuestra fundación, así como el compromiso que ustedes demuestran por mejorar las vidas de los ciudadanos de todo el mundo. Nos sentimos sumamente honrados de haber recibido el Premio Príncipe de Asturias.
Me alegro enormemente que mi padre pudiese asistir el mes pasado a la ceremonia de entrega de premios. Me ha pedido que les transmita cuánto disfruto de dicha visita. Se sintió profundamente conmovido por la calurosa bienvenida que recibió. De hecho, dijo que había sido la experiencia más emocionante de su vida -¡y a sus 80 años, mi padre ha tenido ya una vida muy dilatada!-
Melinda y yo estamos especialmente contentos por haber recibido el premio de Cooperación Internacional. En nuestra opinión, muchos de los peores problemas del mundo –entre ellos la pobreza, las enfermedades y el hambre extremas- se pueden resolver, pero sólo si trabajamos todos juntos. De eso precisamente es de lo que me gustaría hablar esta noche.
Todos los que realizamos labores filantrópicas tenemos nuestra propia historia sobre cómo comenzamos a dedicarnos a ello por primera vez, y esta noche me gustaría empezar contándoles la de Melinda y la mía.
Cuando fundé Microsoft, consideraba que la filantropía era algo a lo que me dedicaría cuando me hiciese mayor.
Invertía mis días en crear y aumentar el valor de una empresa, y pensaba que la mejor manera de devolverle algo a la sociedad era seguir consiguiendo que Microsoft fuese un éxito.
Bien es cierto que realizábamos algunas obras filantrópicas. Un ejemplo de ello era la labor realizada con una ONG estadounidense denominada United Way. Mi madre desempeñaba una labor muy activa en dicha organización, por lo que, conforme iba creciendo, al sentarnos a cenar, siempre surgían conversaciones sobre las campañas de united Way de las que se encargaba mi madre.
Hablábamos de cómo establecer la prioridad de entrega de las donaciones, de elegir entre entregarlas a las organizaciones locales o las nacionales: y, en aquella época, de qué parte de mi paga debía donar al Ejército de Salvación por Navidades.
Mi madre me alentaba a crear una cultura de la donación en Microsoft, y comenzamos una campaña que comprendía a toda la empresa con objeto de recaudar dinero para United Way.
Sin embargo, durante mucho tiempo, yo seguía considerando que mi mayor contribución a la sociedad era crear una empresa de éxito. No pensaba que tuviera ni tiempo ni fuerzas para hacer más.
Pero entonces, hará unos 10 años, Melinda y yo leímos un artículo sobre las enfermedades en los países en vías de desarrollo en el que se decía que más de medio millón de niños mueren cada año a causa de “rotavirus”; y pensé: “¿rotavirus?, nunca he oído hablar de eso”. ¿Cómo podía no haber oído hablar de algo que mataba a medio millón de niños cada año?
Seguí leyendo y me enteré de que millones de niños morían de enfermedades que ya habían sido erradicadas en los Estados Unidos. Melinda y yo habíamos dado por sentado que, si existían vacunas y tratamientos que podían salvar vidas, los gobiernos estarían haciendo todo lo posible para llevarlas hasta personas que las necesitaban. Pero no era así. No pudimos evitar llegar a la brutal conclusión de que, en nuestro mundo de hoy en día, algunas vidas se consideran merecedoras de ser salvadas y otras no. Así que nos dijimos: “esto no puede ser verdad, pero si lo es, merece convertirse en la prioridad de nuestras donaciones”.
Ese pasó a ser el principio esencial de la Fundación Gates: toda vida humana tiene el mismo valor. Se nos hizo evidente que los problemas más difíciles de resolver y el sufrimiento mayor eran el resultado de la desigualdad –en el acceso a la educación y a las oportunidades económicas, en todas las razas y en todos los países y continentes.
De este modo, empezamos nuestras donaciones sanitarias a nivel mundial. Hemos decidido dedicarnos a garantizar que la población de los países en vías de desarrollo disponga de las mismas herramientas sanitarias que los que vivimos en el mundo desarrollado damos por sentadas. Asimismo, queremos ayudar a desarrollar nuevas herramientas como vacunas y fármacos, que estén dirigidas a combatir las enfermedades del mundo en vías de desarrollo.
Por supuesto, poco se consigue salvando a una niña del rotavirus, si la dejamos morir de hambre tan solo unos años después. Por eso, más recientemente, hemos comenzado a interesarnos mucho por los problemas de la pobreza y el hambre extremos en todo el mundo. Estamos trabajando con grupos que ayudan a los agricultores a conseguir más y mejores cosechas. También ayudamos a las instituciones a que ofrezcan servicios financieros a los pobres para que puedan salir de la pobreza.
En nuestro país, nuestra fundación está empeñada en mejorar los institutos para que todo niño estadounidense esté preparado para ir a la universidad y conseguir un buen trabajo.
Este verano, nuestro trabajo obtuvo un tremendo impulso cuando Warren Buffet anunció que entregaría la mayor parte de su fortuna a la fundación. La donación de Warren nos permitirá conseguir incluso más logros con respecto a estos problemas, y confiamos en que, junto a nuestros socios, podremos ayudar a millones de personas a mejorar sus vidas en los años venideros.
Creemos que la filantropía desempeña un papel limitado pero crucial a la hora de crear el cambio social. Al trabajar con los gobiernos y con el sector privado, las fundaciones pueden ayudar a garantizar que, en esta sociedad nuestra que se globaliza tan rápidamente, nadie caiga en las grietas que puedan producirse.
Hasta ahora, el mundo ha globalizado su economía, pero no ha globalizado la atención que se ofrece al pueblo.
Con objeto de cerrar esta brecha, Melinda y yo vemos dos prioridades.
En primer lugar, nuestra fundación intenta garantiza que, con la innovación y el nuevo conocimiento generados, la ciencia y la innovación se dirijan a las necesidades de los pobres, y que sean asequibles para ellos. Tenemos muchas oportunidades de utilizar nuestra experiencia y nuestros recursos para hacer el bien: para conseguir vacunas contra el sarampión para los niños etíopes, para enriquecer las cosechas de mandioca, sorgo y otros tipos de productos de los que depende la nutrición de decenas de millones de personas. Podemos conseguirlo si aprovechamos cada fracción de la innovación que emerge cada día de las empresas agrícolas, de biotecnología o farmacéuticas. No es necesario que transcurran décadas para que la tecnología se difunda. Podemos trasladar los bienes y servicios a cualquier parte del mundo ya –y resolver con ello los problemas mundiales-
Poner la tecnología al servicio de la humanidad no consiste en tomar la tecnología tal y como se utiliza en el mundo desarrollado y subvencionar su uso ene. Mundo en vías de desarrollo; ya que, al hacer esto, se coloca la tecnología por encima de su fin, que es , en definitiva, satisfacer las necesidades humanas. No empezamos por la tecnología, empezamos por los seres humanos, y luego descubrimos si la tecnología puede satisfacer las necesidades humanas de una forma más barata, eficaz o extensa.
Satisfacer las necesidades humanas es, por supuesto, el punto de partida de cualquier filantropía. En un mundo con tanto sufrimiento humano, nunca va a ser difícil encontrar dichas necesidades. El verdadero desafía consiste en sacar el mayor partido del tiempo y del dinero con el que contamos, invertir cada dólar y cada hora de la mejor manera posible.
Los dólares de la filantropía tienen más posibilidad de ejercer un impacto mayor cuando encontramos una idea perdida o un enfoque exclusivo.
Tomemos como ejemplo una enfermedad como la malaria. Tanto en 1902 como en 1907, los Premios Nobel fueron otorgados por avances obtenidos en nuestra comprensión del parásito. Cien años más tarde, la malaria infecta a entre 350 y 500 millones de personas cada año, y más de un millón de personas mueren por esta enfermedad. Cada día, 2.000 niños africanos mueren de malaria.
Cuando nuestra fundación donó 50 millones de dólares para la lucha contra la malaria en 1999, me dijeron que acabamos de doblar la cantidad de dinero privado que se dedicaba a tal fin. Y yo pensé que eso era lo peor que había oído nunca. ¿Cómo podía ser posible?
¿Se debía a que la ciencia se había vuelto muy difícil? No. Se trataba de que la malaria se había convertido en una idea perdida. Habíamos dejado de hacer ciencia por completo. La tecnología se desarrolla cuando tenemos un comprador. No había un gran mercado para que se produjeran nuevos descubrimientos en la lucha contra la malaria, así que la tecnología fue languideciendo.
La verdad es que –ya se trata de tuberculosis, fiebre amarilla, malaria o gastroenteritis aguda (que contribuye a la muerte de entre 2 y 3 millones de niños al año)- los gobiernos de los países ricos no han estado luchando contra algunas de las enfermedades más mortales del mundo porque los países ricos no las sufren. El sector privado no está desarrollando vacunas y medicinas para dichas enfermedades porque los países en vías de desarrollo no pueden comprarlas.
Las fuerzas del mercado han generado un mundo en el que la mayor parte del dinero que se gasta en investigación sanitaria va dedicado a los problemas de las personas más ricas. Cada año, los estadounidenses gastan mil millones de dólares en luchar contra la calvicie.
Por eso, a través de nuestra fundación, Melinda y yo estamos intentando dirigir los dólares invertidos en investigación y la innovación tecnológica hacia los retos que resultan auténticamente de vida o muerte para algunas de las personas más pobres del mundo. Permítanme ofrecerles algunos ejemplos.
El gobierno de España asumió la dirección de un proyecto internacional para encontrar una nueva vacuna contra la malaria, un enfermedad terrible que todavía mata a más de un millón de personas cada año. Hace diez años, el gobierno español proporcionó los fondos iniciales para el Centro de Investigación Sanitaria de Manhica. Este centro se encuentra a la cabeza de la lucha contra las enfermedades como la malaria, que se muestran tan mortales el mundo en vías de desarrollo. En el año 2003, desarrolló los ensayos clínicos más avanzados que jamás se hayan realizado para obtener una posible vacuna contra la malaria, y los resultados fueron sumamente alentadores. Hace tan sólo unos años, antes de que España se implicara en dicho proyecto, este tipo de capacidad investigadora no existía en los países pobres. Ahora, el centro está realizando una nueva serie de ensayos y pronto el mundo podría disponer de la primera vacuna contra la malaria de la historia.
Hay otras innovaciones que resultan igualmente emocionantes. Una de las personas que disfruta de nuestra becas está desarrollando una pegatina sensible al calor que puede indicar cuándo una vacuna se ha visto afectada por el calor y ha dejado de ser eficaz. Estas pegatinas pueden evitar que se desechen millones de dosis de vacunas válidas y que se administren millones de dosis de vacunas en mal estado.
Otro programa que financiamos está modificando semillas para producir una planta de mandioca más segura y nutritiva. La mandioca es el alimento básico en ciertas partes de África y Sudamérica, porque es barata, abundante y rica en fécula y calcio. Sin embargo, también es rica en toxinas, entre las cuales se halla un precursor del cianuro. Las personas que dependen de la mandioca corren el riesgo de sufrir un envenenamiento crónico. La tecnología puede lograr que este alimento básico sea seguro.
La tecnología también puede ayudar a que las personas que viven en los países en vías de desarrollo creen sus propias fuentes de ahorro. En Malawi, a las mujeres les resulta especialmente difícil abrir sus propias cuentas bancarias o ahorrar dinero. Muchas de ellas son analfabetas, lo que significa que no pueden firmar para abrir una cuenta a su nombre. Mientras que esto sucede, la costumbre social permite también a los yernos hacerse con las posesiones de la mujer si su marido muere, algo que se está produciendo con demasiada frecuencia debido al SIDA.
Una de las personas que disfruta de nuestras becas está desarrollando una tarjeta de débito con un lector de huellas dactilares. Con la tarjeta la huella dactilar sustituye a la firma. Al ayudar a una mujer a poder ahorrar dinero en una cuenta a la que sólo ella puede tener acceso, se evita que quede en la ruina si la familia de su marido intenta quitarle el dinero. Hemos sabido que las mujeres están compartiendo folletos que describen estas tarjetas en los banquetes de boda, contándose unas a otras que es una de las cosas más importantes que pueden poseer para ser independientes.
Igualmente, en ciertas zonas en las que no existe una infraestructura bancaria, ni suficiente densidad de población para abrir sucursales bancarias, otra de las personas que recibe nuestras becas está desarrollando cajeros electrónicos que se comuniquen por satélite.
Ya se trate de una pegatina para los viajes de las vacunas, de una nueva semilla o de una tarjeta de débito, la innovación –si la aprovechamos correctamente- puede modificar las vidas de las personas del mundo en vías de desarrollo. Esta es la primera prioridad que Melinda y yo hemos establecido para nuestra fundación.
La segunda prioridad, además de cerciorarnos de que la tecnología se dirige hacia los que más la necesitan, consiste en garantizar que –en nuestra calidad de ciudadanos del mundo rico, de grandes empresas, de gobiernos y de líderes y ciudadanos del mundo en vías de desarrollo- lleguemos a un acuerdo en lo tocante a dónde residen nuestras responsabilidades.
Las innovaciones que acabo de describir podrían cambiar las vidas de millones de personas, pero sólo si alcanzan a las personas que las necesitan. Para asegurarnos de que eso sucede, los gobiernos, el sector privado y los individuos tenemos que incorporar una definición más amplia de la responsabilidad individual, así como una voluntad de presionar para que se ejerzan acciones colectivas. Necesitamos las acciones colectivas porque ninguna organización tiene ni el dinero, ni la experiencia, ni el conocimiento para realizar ese trabajo por su cuenta.
Nuestra fundación –incluso tras el generosos donativo de Warren- solamente supone el uno por ciento de las donaciones de los Estados Unidos. Aunque gastásemos la totalidad de nuestras donaciones en la lucha contra el VIH y el SIDA en países con una renta baja y media, sólo podríamos cubrir el hueco correspondiente de los fondos mundiales durante un periodo de dos años.
Pero en cuanto la gente que dice “no estoy dispuesto a aceptar que existan malaria, o tuberculosis, o SIDA en mi país” empiece a decir “no estoy dispuesto a aceptar que exista malaria, o tuberculosis, o SIDA en mi mundo”, empiezan a hacer funcionar las ruedas de la acción colectiva. Comienzan a dar permiso a sus gobiernos para gastar dinero en esos retos, y liberan el potencial de un cambio arrollador.
Para hacer posible es cambio, debemos admitir que somos responsables de nuestros vecinos, y que nuestros vecinos no son ya la familia de al lado, o incluso nuestros compatriotas, sino nuestros semejantes de todo el mundo. Tenemos obligaciones para con los ciudadanos que son vulnerables, y eso incluye al niño más pobre de Nueva York, de los confines más lejanos de Afganistán, y del rincón más aislado de Mozambique.
El gobierno de España ha demostrado que comprende este sentido amplio de la responsabilidad. Mediante su apoyo a la Facilidad Financiera Internacional para la Inmunización, su país ayuda a proporcionar vacunas que salvan vidas de millones de niños en los países más pobres del mundo. Este proyecto invertirá 4.000 millones de dólares adicionales en vacunas en los próximos diez años, esto significa que podemos inmunizar a 500 millones de niños contra enfermedades que se pueden prevenir con vacunas antes de 2015, lo que salvaría unos 10 millones de vidas. Incluso podemos acercarnos un paso más a la erradicación de la polio, tal y como hemos hecho con la viruela.
Gracias por su dedicación a este importante proyecto.
Melinda y yo confiamos en que el mundo podrá resolver algunos de sus peores problemas. Para conseguirlo, debemos aceptar nuestras responsabilidad más amplia para con nuestros semejantes de todo el mundo, y tenemos que aprovechar la innovación de tal suerte que ayude a aquellos de nosotros más desfavorecidos.
Me gustaría concluir esta noche contándoles una historia que muestra lo que puede suceder cuando hacemos ambas cosas.
Como todos ustedes saben, ya hace 25 años que los científicos identificaron al VIH como causante del SIDA. Hoy día, más de 4,5 millones de personas se infectan cada año y casi 2,8 millones mueren de esta enfermedad, casi todos ellos en países en vías de desarrollo.
Sin embargo, gracias a los esfuerzos de los gobiernos, las empresas farmacéuticas y las ONG, nuevos fármacos que tratan el VIH están salvando vidas en todo el mundo. En un viaje a Ruanda a principios de este año, Melinda y yo fuimos a un ambulatorio donde nos enseñaron la fotografía de un hombre delgado y enfermizo que claramente tenía SIDA. Yo estaba mirando fijamente esa foto cuando un hombre sano y sonriente entró en la habitación y saludó. Tardé un minuto en darme cuenta: era el mismo hombre.
Eso es lo que el tratamiento está suponiendo para cada vez más gente en el mundo desarrollado y, en la próxima década, encontraremos formas aún mejores de tratar el VIH en incluso evitar que la gente lo contraiga. Si podemos conseguirlo con el VIH, y con la malaria, la tuberculosis y otras enfermedades devastadoras para el mundo en vías de desarrollo, entonces podremos salvar millones de vidas, y mejorar millones de ellas más.
Me emociona comprobar lo que ya hemos conseguido hasta ahora, pero aún me emociona más lo que vamos a conseguir, trabajando juntos, en los años venideros.
Gracias de nuevo por reconocer la labor de la fundación –y, lo que es más importante, gracias por contribuir a que el mundo sea más justo.
Explicación
Ignacio Escolar: Esta es la conferencia que supuestamente iba a leer Bill Gates en noviembre de 2006 en Oviedo como agradecimiento por ese Premio Principe de Asturias que, en su momento, no acudió a recoger. Como suele ser habitual en estos casos, los numerosos periodistas que acudieron al acto recibieron de antemano el texto de la conferencia, antes incluso de que Gates se subiese a la tribuna. Es un discurso que no es revolucionario, pero sí mucho más combativo de lo que suele ser habitual en el hombre más rico del mundo.
Lástima que Bill Gates jamás pronunciase estas palabras.
Por motivos que nadie ha explicado, Gates cambió el discurso sobre la marcha. Del texto original, apenas quedó el saludo y la despedida. Las partes más críticas desaparecieron de la conferencia para dejar paso a las clásicas obviedades y los típicos agradecimientos descafeinados e inofensivos.
¿Por qué cambió Gates su conferencia? Por lo visto es habitual en él, pero ¿por qué esta vez? ¿Lo escribió un empleado y luego al jefe no le gusto? ¿Le pareció demasiado duro para leerse delante de un príncipe al que antes había dado plantón?
Uno de los periodistas que acudió al acto me ha mandado las siete páginas del texto original, el que el fundador de Microsoft no llegó a pronunciar. Es este texto que he subido al wiki.

