La ministra de Defensa dio ayer la nota al acudir a la Pascua Militar con un atuendo y un discurso destinados sólo a llamar la atención, provocar y diferenciarse. Respecto al vestuario, la Casa Real es clara en sus exigencias de etiqueta (…) El vestuario de la ministra exhibido ayer no sólo no fue el adecuado, sino que evidencia un frívolo deseo de convertirse en el centro de todas las miradas. (…) Resulta un tanto ofensivo para el resto de asistentes su disposición a saltarse las reglas a su antojo, dando a entender que mientras los demás son unos anticuados o unos conformistas, ella es capaz de vestirse de gala marcando un estilo propio e informal.(…) Estamos seguros de que cualquiera que haya tenido que acudir a un acto regido por un estricto protocolo habrá sentido el deseo de romperlo unilateralmente y marcar su personalidad imponiendo sus gustos.
La foto es de la boda de Felipe y Letizia. A mí, personalmente, el vestido de Agatha Ruiz de la Prada me gusta. El smoking que ayer lució Chacón, también.
En la década de los 60, un Yves Saint Laurent que aún no contaba 30 años puso nerviosa a la mojigatería de la época al adaptar el smoking, tradicionalmente masculino, al cuerpo de la mujer. Más de cuatro décadas después, Carme Chacón, Ministra de Defensa de un paisito llamado España, ha usado un smoking para poner nerviosos a los nietos de aquellos mojigatos tan fácilmente escandalizables. Tanto entonces como ahora se alegó idéntico motivo de escándalo: la falta de respeto por la tradición, por lo normal, por el protocolo.
El millón y medio de habitantes de Gaza vive en un gueto. No pueden entrar ni salir de la franja. No tienen medicinas, luz, agua, alimentos. Y desde hace más de una semana reciben los ataques aéreos y ahora también por tierra del Ejército israelí. Israel afirma que ataca para defenderse de Hamás, cuyos cohetes han matado a 23 israelíes en ocho años. Pero no hay que olvidar que Israel también lanzaba virulentos ataques cuando todos los territorios estaban gobernados por Al Fatah. Y que cuando en 2007 se formó un gobierno de unidad nacional palestino, compuesto por Hamás, Al Fatah e independientes, Israel siguió imponiendo bloqueos a Gaza.
Lo que realmente se está jugando en este tablero es el control del territorio palestino de Gaza. Y en función del resultado, Israel decidirá de qué modo gestiona su ocupación: es decir, si abre más o menos a menudo sus fronteras, si permite el paso de más o menos ayuda humanitaria. Hay algo inquietante en el modo en que Tel Aviv maneja el destino de millón y medio de personas.
Israel ha desplegado toda su energía para defenderse en el plano mediático y hacer frente a las críticas. Todos los días los periodistas estamos recibiendo e-mails de las embajadas israelíes en los que tratan de explicarnos el porqué de sus acciones: dicen que bombardean para defenderse, que su agresión es una respuesta a los ataques de Hamás. También nos han pedido que no hagamos “uso cínico de imágenes dolorosas como instrumento de propaganda”.
Sarajevo fue en los años noventa el símbolo de la barbarie: una gran cárcel para centenares de miles de civiles cercados por matones con cañones y fusiles. Los chetniks decían tener sus milenarias razones, claro, pero nadie picó en el anzuelo de escucharlas porque la masacre de gente corriente a manos de poderosos militares situaba el conflicto en un plano distinto, prepolítico: la barbarie anulaba las razones –fueran las que fueran–y así lo entendió Occidente, indignado por las atrocidades de los otros.
Pues bien, Sarajevo es ahora Gaza. Hace más de un año que 1,5 millones de personas se hacinan en un presidio a cielo abierto, sin posibilidades de escapar ni de buscarse el sustento con dignidad, atrapados entre los tanques de un lado y el mar del otro, ante la indiferencia del mundo. Desde hace 11 días, el sitio es directamente masacre.
Cuando María San Gil abandonó “definitivamente” la política, hace apenas cuatro meses, lo hizo porque había perdido la confianza en el presidente de su partido, en Mariano Rajoy. Ahora San Gil regresa. ¿Al partido de Rosa Díez? No: como asesora y colaboradora de la FAES, la fundación del PP. Cabe deducir entonces que o bien San Gil ha vuelto a confiar en Rajoy –algo improbable, no se han visto en este tiempo– o que entre la fundación que preside José María Aznar y el partido que preside Mariano Rajoy corre algo más que el aire.
La FAES, esa pirámide que construyó el faraón Aznar para su segunda vida, ha sido una de las trincheras desde la que la derecha sin complejos ha disparado contra su supuesto líder. Hace un par de meses, el politólogo Miguel Ángel Quintanilla denunciaba desde una de sus publicaciones la “crisis ideológica del PP”. “Se puede ganar situado lejos del centro teórico, pero no se puede ganar sin dejar claro lo que se es”, decía Quintanilla desde el centrifuguismo reformista.
La editorial de FAES se llama, acertadamente, “Gota a gota”. Y es la gota malaya la técnica que está aplicando el aznarismo contra el sucesor de Aznar. La gota San Gil no es menor: nunca antes la FAES había cobijado a alguien que se hubiese enfrentado tanto al presidente del PP. Y el chaparrón llega un par de días después de que Rajoy confirmase a Mayor Oreja, el tutor político de San Gil, como candidato a las europeas.
En el PP nadie cree en las casualidades, aunque hay dos maneras de verlo. Por un lado, hay quien piensa que es una respuesta de Aznar al nombramiento de Oreja. Por el otro, quien sospecha que el orden es inverso, que el fichaje de San Gil por FAES era un cañonazo a Rajoy que estaba preparado para otro escenario distinto: como respuesta del búnker si Mayor Oreja no hubiese sido el candidato a las europeas. Y es que dejar “definitivamente” la política queda muy digno. Pero de algo hay que comer.
¿Se acuerdan del famoso concurso de vídeos del PP sobre Mariano Rajoy? Pues éste es el ingenioso ganador que comerá con Rajoy. El encuentro promete ser apasionante.
—————
Como las malas noticias nunca vienen solas, va María San Gil, la que había dejado la política, y ficha por el partido de la oposición de la Oposición: la FAES.
El filósofo francés prosionista André Gluksmann defiende la invasión de Gaza en un artículo publicado por El País y se pregunta, desde el titular, ¿qué significa “desproporcionada”? Se me ocurren varias respuestas. Es desproporcionado que un estado supuestamente democrático ajusticie, sin juicio previo, a todo aquel sospechoso de pertenecer a Hamás mientras arrasa la franja; tanques contra piedras. Es desproporcionado bloquear durante meses y meses a más de un millón y medio de personas en un pequeño espacio de tierra, la mayor cárcel de la historia. Es también desproporcionado matar a más 500 personas en once días -y sumando- como respuesta a cuatro muertos por parte de los rudimentarios cohetes de Hamás en todo un año. Desproporcionado sería también, por ejemplo, que el ejército español bombardease los ayuntamientos gobernados por ANV en Euskadi como respuesta, como castigo, al terrorismo etarra. En España hemos tenido muchos años con más de ocho asesinatos de ETA, así que tenemos excusa de sobra para que la comunidad internacional mire hacia otro lado.
Pero lo más desproporcionado de todo es presentar esta matanza de Israel en Gaza como un conflicto entre dos estados, como una guerra entre dos países. “Israel y Hamás luchan puerta a puerta en la ciudad de Gaza”, titula hoy en portada El País. ¡Menuda guerra! ¡Menuda lucha! La proporción de muertos entre ambos bandos es de cien a uno, pero incluso esta estadística es engañosa. De los cinco soldados israelíes muertos, cuatro han caído víctimas del fuego amigo; así de quirúrgica es esta matanza donde ya han asesinado a cerca de cien niños.
¡Cómo se pueden llegar a retorcer las palabras! Olmert y Livni quieren preservar la seguridad de los ciudadanos de Israel, que se ven sometidos a los ataques de los muy temibles misiles qassam. Tan temibles, por cierto, que en el último año han matado a cuatro ciudadanos israelíes, mientras que en sólo diez días Israel ha asesinado a más de 400 palestinos. El Estado terrorista en que se ha convertido Israel ha cortado el suministro de alimentos, medicinas, electricidad y demás necesidades básicas a toda la franja de Gaza, es decir, ha castigado a 1 millón y medio de personas para obtener fines políticos: deshacerse de Hamás, elegido democráticamente por su pueblo (nos guste o no). Dispara contra objetivos tan militares como universidades o casas de civiles y con toda seguridad su incursión en Gaza multiplicará las víctimas.