“Siempre sonreía, era uno de esos chicos que nunca piensas que pueda ser un terrorista”, dice el vecino de uno de los suicidas del 7J. Esto no es Hollywood, aquí los malos son tal malvados que ni siquiera lo parecen. En el mundo real, los maltratadores, los asesinos o los psicópatas pueden ser los más educados de la escalera, esos que siempre dan los buenos días y te dejan pasar primero al ascensor, los que nunca se olvidan de bajar la basura.
Shehzad Tanweer nació en Bradford y se graduó en la Universidad Metropolitana de Leeds. Trabajaba con sus padres, de origen paquistaní, en el negocio familiar: una tienda de comida. No vendía kebabs, servía “fish and chips”. Jugaba al fútbol y al cricket.
Hasib Hussain tenía 19 años y también vivía con sus padres. Según la prensa inglesa, tuvo una adolescencia rebelde. El 7J le dijo a su familia que se iba a Londres con unos amigos. Su madre, alarmada, llamó a la Policía porque no sabía nada de él.
Mohammed Sadique Khan se dedicaba a cuidar niños discapacitados. Deja una viuda y un bebé de ocho meses. Nació en Pakistán pero no iba mucho por la mezquita.
El horror de Londres sería más sencillo de entender si los responsables hubiesen nacido en Marte. Pero resulta que la mayoría del comando asesino –aunque hijos de inmigrantes– es inglesa desde la cuna. Todos tenían el pasaporte europeo.
Los terroristas son personas. Los terroristas, esos que nos odian tanto como para morir matando, son seres humanos. Viven con nosotros. Respiran, desean y sueñan como nosotros. Tienen hijos como nosotros y también sonríen. Pueden ser nuestros mejores vecinos.
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